jueves, febrero 12, 2009

Gracias Amig@s

Allá de donde tú vienes, todo es belleza. Me encanta sentirme rodeada de alegres y amorosos seres, que me miran y me ignoran mientras yo soy ellos. Al compás de mis deberes hago un silencio que me acopla de energía el despertar de mi antiguo sufrimiento. Enamorada y feliz, radiante me encuentro, en el lugar de mis peores pesadillas y a la vez, de mis mejores sueños. Siento amor en la mirada de la dulce señorita, de la amada margarita que un día volveré a ser. Siento placer y a la vez respeto. El mayor del mundo. Alegría en todo mi ser, por haber encontrado al fin, aquello que sin querer tanto busqué. Y que resultó estar en mi misma, en el fondo de mi propio ser. Ya vuelven las rimas a surgir, los remos a remar. Y el amor a florecer. Este baile de palabras, de letras, de frases enteras. De inusitadas praderas al compás del tren que llega. Alegría de vivir, escorpiones a picar. Mis lamentos han muerto ensimismados en sus propios excrementos. Y mis amigos verdaderos, mis compañeros, carecen de miedo. La vida parece de mentirijillas cuando estas cosas ocurren. De pronto me siento viva, intensamente revivida. Gracias a tus regalos, gracias a esa energía que nos envuelve a todos, cada uno de los días. Mis dedos vuelven a hacer música, con las teclas del teclado. Y a cada golpecito que asigno, un caracter va asociado. Y en un instante preciso, volveré a vivir a tu lado. En una estrella de oro, de plata y de marfil. Con colmillos de elefantes rosas y plumas de pavo real. Gracias a los elfos bellos, a la inteligencia primigenia. A mis astutos y geniales amigos y amigas. Que sois vosotros. Sois tan únicos como yo, sois los mejores. Os quiero mucho y os regalo un millón de flores.

martes, diciembre 30, 2008

El maravilloso lago de voz

Un camino como tú quieras. Con altos árboles a los lados, arrojando una fresca y profunda sombra. O cubierto por una espesa capa de nieve virgen recién caída. De ladrillos amarillos, de piedras, de asfalto, de tablillas de madera. Lleno de zarzas y espinos, rosales y alguna que otra morera. Bajo la luz de la luna, o bajo un sol de justicia. El caminante hace el camino en su propio caminar. Con paso lento y pausado, si te encontraras cansado, siéntate un rato a reposar. Respira tranquilamente, intentando ser consciente de que algo ocurre sin más. La vida sigue su curso, cada cual va por su senda intentado ser valiente, sensato e inteligente. Mas de pronto, de repente, surge una duda fatal: ¿qué pasos he estado dando que no he llegado al final? Es el camino que tú eliges, con aves cantoras o con alegres delfines. Tú mismo lo defines, con pensamientos y paz. Te afanas en borrar las huellas que hayas podido dejar, para que otros que te seguían no te puedan alcanzar. Y en realidad no te percatas de que aquel que parece que te sigue es tan un sólo un trozo de tu propia sombra que el viento a arrastrado hacia atrás. Alargándolo y estirándolo para que así dures más. Una estela de frescor que otrora tu mismo eras, pero que probablemente ahora, ensimismado no recuerdas. Dulce piar de la vida, bendito júbilo otoñal, que al repicar en tus adentros, te hace recapacitar. Y recordar que uno por uno, tus pasos, hacen tu vida brillar.

Lazos de sangre

Cpedá comía palomitas de maíz en el porche de su casa en una calurosa tarde de verano, cuando de pronto vio pasar a OHuc en velocípedo. Corrió entonces, con palomitas y todo, a saludarle. "OHuc, detente!, gritó Cpedá. Así fue. Casi diez metros más allá de Cpedá, se detuvo como pudo el pequeño OHuc. "¡Hola amigo! No sabía que estabas en casa.", exclamó el hombrecillo. "Sí, estaba merendando. Hoy no hemos podido ir a trabajar a la fábrica, pues no había suministro eléctrico.", dijo Cpedá. Ya juntos, los dos amigos, subieron al porche, donde Cpedá le ofreció palomitas a su invitado, y posteriormente se sentaron en las mecedoras. Charlaron animadamente hasta que el anfitrión susurró preocupado: "Amigo, algo extraño ocurre por las noches en mi sótano. Y como no hay luz artificial, no consigo descubrir lo que es." "Querido Cpedá. ¿Con qué indicios cuentas?" "A nadie se lo he dicho aun, pero no estoy seguro. Por lo general oigo suspiros, a veces sollozos." Ambos se quedaron inmóviles, meditando, durante un largo rato. Inesperadamente OHuc exclamó: "¡Es Nadia!" "¿Quién es Nadia?", preguntó inquieto Cpedá. "Por lo general la gente ignora la presencia de Nadia en sus vidas. Mas yo creo en ella, y estoy casi seguro de que es su visita la que recibes cada noche. Es normal que no la veas. Ni siquiera con luz es posible contemplarla. Sin embargo, ella está ahí, atizando el fuego en nuestras vidas. Cpedá ¿qué es lo que te preocupa realmente? Quiero decir, más que lo del sótano e incluso más que lo de la energía eléctrica." "Querido OHuc, por algo eres mi amigo. En efecto vivo desolado desde que recibí la noticia de la muerte de mi hija.", confesó Cpedá. "Cpedá, viejo camarada. Haz caso de mi consejo. Cuando sientas ruidos en el sótano, atrévete y baja. Siéntate en le suelo y habla con Nadia. Ella te devolverá la ilusión por vivir, y te comprenderá mejor que ningún viejo amigo." "De acuerdo OHuc. Así lo haré.", dijo Cpedá. Y juntos, Cpedá y OHuc, sentados en el porche, contemplaron el crepúsculo del miércoles.

Cadencia perfecta

Te miré cuando nadie lo sospechaba y en tu vacío pude ver mis propios miedos. Decidí arriesgarme a seguir mi propio camino. No tengo intención de criticarte, pero sí de dejar claros los conceptos. La humildad se esconde tras la aceptación. Un ser humillado no puede ser humilde. Se siente herido, abandonado, explotado y desde luego utilizado. A la deriva van los sentimientos y la dedicación. A la deriva va mi interés por gente como tú, que se dedica vivir como un pájaro bobo, una vida en blanco y negro, muchas veces por dinero. Pero si hasta te vistes como él: con cortaba y miedo. Ojalá fueras una libélula, o simplemente un colibrí que aunque siempre en movimiento, puede permanecer alguna vez ahí. Deseo borrarte de mi vida, pero no de mala manera. Desearía sinceramente que por fin te dieras cuenta, de que si el tiempo no existe, ¿qué es entonces lo que nos queda? En este planeta tierra, de incongruencias y paradojas, el que no corre vuela y por lo que veo tú sólo flotas. Flotas y te mantienes a la deriva de una corriente, absurda como su dirección, simplemente la autodestrucción. ¿Dónde está ahora ese guerrero que antes defendía su honor? ¿Dónde está el orgullo de la protección y la educación? Manos sucias nos operan, nos abren, nos destripan y nos envenenan. La sangre cuando se seca queda negra. Como el carbón, como el petróleo, que no es más que la sangre de seres inocentes que han quedado atrapados en el espacio y el tiempo. Y para lograr quemar este llamado oro negro, algunos adinerados se cargan poblaciones y hasta países enteros. Y millones de seres inocentes quedan sepultados bajo el lodo en nombre de un absurdo progreso. ¿Es ese el progreso que realmente deseamos? Yo no al menos. Pero esa es la controvertida realidad a la que nos enfrentamos con nuestra ignorancia cada día, que se lleva haciendo desde el origen de la humanidad, que con sus ojos ciegos de ira, no puede distinguir el verdadero valor de la vida. No hablo de una en concreto, ni de dos, ni de un ciento. Hablo de la vida misma, del amor y del respeto. Tal vez conceptos ocultados bajo el señuelo de un ego que se contradice en todo lo que dice y en todo lo que hace. Y se alimenta tan sólo de un miedo absurdo e irracional, pero que para él resulta esencial. ¿Miedo a la muerte? Miedo a vivir. En un lugar cruel y despiadado del cual todos se desean ir. ¿Cuándo te darás cuenta de que hacer un mundo mejor sólo depende de ti?

Lánguido acento otoñal

- La molesta vecina al fin se muda – comunicó Leo a su fiel amigo Adrián. - Me alegro por ti, querido Leo – al fin podrás dormir sin escuchar ya más sus llantos ni sus lamentos. - Pero creo que la voy a echar de menos – dijo en tono pensativo Leo – al fin y al cabo, sólo era un poco grosera. - Ojalá el mundo mirara por tus mismos ojos y todo lo malo, bueno lo viera – profesó Adrián a su vecino de arriba. - A veces me siento a observar la escalera. Veo a la gente subir, cada uno a su manera, y no eres nada para ellos pues ni siquiera se enteran, de que estás de algún modo presente allá donde ellos llegan – musitó Leo. - ¡Vecino! Alegra esa cara. Por fin un poco de silencio para estas noches más largas. – - Adrián, sabes que soy carpintero, viudo y sin hijos y no con mucho dinero. Si en una noche de invierno, llegaras a oírme llorar, por favor no te preocupes en absoluto. Es mi manera de expresar, que alguien me está olvidando, que alguien en mí ya no piensa. – Leo colgó el auricular. Se recostó en el sofá y empezó a imaginarse un mundo mejor. No le costó mucho dormirse, aunque ya nunca despertó.

Oración expresa

En días como hoy, ¿por qué llorar por tu pasado? El cielo azul está más allá de las grises nubes de azúcar que nos protegen y nos riegan con su ácida lluvia. Si siempre has actuado con toda tu intención, con toda tu dedicación y de la mejor manera que has sabido… Te mostrabas débil y vulnerable. Pero los demás no eran tampoco ninguna perita en dulce que te alegrara la vida. Mira a tu alrededor, sólo hay peligro y manipulación. Nos lo debes todo. Eres sólo una víctima más. ¡No es verdad! Me cansé y grité. Yo soy yo misma. Os agradezco vuestra ayuda, pero no soy vuestra esclava. No pienso aceptar las normas que para vosotros son tan sumamente importantes. Sólo busco lo mejor de mi y de cada situación. Puedo resultar demasiado exigente, pero ¿qué hacéis vosotros al respecto? El esfuerzo se realiza cuando tienes claras tus metas, cuando conoces tus objetivos. Sino puede resultar un tanto estéril. No pienso esforzarme por algo que no siento. Lo siento. Y eso ocurre. Toda la vida he ido detrás de lo mismo: un poco de cariño y aceptación. Un poco de atención. ¿Para qué? No lo sé. Persiguiendo, buscando e incluso produciendo esos pequeños milagros. Todo por una inconsciente necesidad de aprobación. Sin embargo, parece que ya me he cansado de dar vueltas como un perro atado. Hoy decido romper las cadenas que me atan a vuestras absurdas penas. Si el fuego de una vida os quema, reconocedlo, pero no culpéis al que sólo desea vivir. Le ofrecéis un cobijo canijo, donde sólo tienen cabida cuatro miedos y un poco de orgullo, y desde luego eso es nada para el todo que se os escapa. ¿De qué tenéis miedo? ¿Del dios juzgador? Tenéis miedo de vuestros propio e inseguros actos, de vuestros cochinos pensamientos y de vuestras palabras vacías. Farfulláis como nadie, os lo aseguro. Pero no os felicito.

Ocurre frecuentemente

- Buenos días, doctor. – - ¿Qué le ocurre caballero? – - Siento mi pecho pesado y me cuesta respirar. Me siento viejo y cansado. Siento que he desperdiciado mi vida. Me siento agotado y exhausto. Siento que no tengo tiempo para hacer lo que deseo. Me siento inerte – comentó el joven pálido como la muerte. - ¿A qué se dedica usted? – interrogó el doctor Anders. - Soy ingeniero naval, trabajo para el estado. – - ¿Sólo? – preguntó el sobrino de Irina. - No comprendo doctor, ¿cómo sólo? – - ¿Trabaja usted las veinticuatro horas del día? – inquirió el hermano de Edward. - Claro que no. Trabajo veinticinco horas semanales. Cinco horas cada día de lunes a viernes – respondió en todo de leve indignación el joven de ojos de zafiro – el resto del tiempo lo dedico a mis aficiones y a compromisos sociales. - Parece llevar usted una vida tranquila, señor Evans. – - Aparentemente sí. Gano buen salario y tanto mi esposa Caroline como mi hijo Nicolas y yo, tenemos cubiertas las necesidades básicas de alimentación, higiene, salud y ocio. – - Entonces, ¿por qué siente que ha desperdiciado su vida? – - Porque siento que nadie me quiere, que no me aman. Verá… Mis padres viven en Canadá desde hace más de diez años y apenas nos vemos dos días al año. No tengo ni hermanos ni sobrinos, por lo que mi familia se reduce a mi esposa Caroline, que además tiene una amante, Irina. Ella me confesó que era lesbiana a los tres meses de casarnos, tras la concepción del pequeño Nicolas. Para ella no soy más que el progenitor de su hijo, pero yo continúo enamorado de ella y deseando que Nicolas nos vea como un núcleo familiar sólido. Pero siento que no es así. La indiferencia es abismal, y Nicolas y yo apenas disfrutamos de tiempo juntos. – - Sin duda un caso difícil – comentó tras una larga pausa el doctor confidente. - ¡Y no es solo eso! – exclamó agitado el joven Evans – mis compañeros de trabajo... Tendría que verles actuar. Edward es el más cruel sin duda. Es el jefe del departamento de ventas y se burla de mí constantemente. "Edward, me haces daño", le digo yo. Pero da igual. Sigue impertinente con sus ironías y sus descaros. Entrometiéndose hasta puntos insospechados, donde nadie se atrevería a llegar. Sólo él. - - Ese Edward del que habla es mi hermano, señor Evans. – Tras oír tales palabras, el desolado joven de pelo claro rompió a llorar. El doctor se incorporó de su asiento y se acercó a él. Apoyando una mano sobre su hombro derecho le dijo – Evans, ¿qué le ocurre? Vamos por favor, deje de llorar. Ambos sabemos qué tipo de hombre es mi hermano. Se trata de una simple anécdota. – De pronto Evans dejó de sollozar, levantó su rostro demacrado por el llanto, miró fijamente al doctor a los ojos y dijo – Ni siquiera Salo ha logrado devolverme la ilusión. – El rostro del hermano de Edward palideció súbitamente. - ¿Ni siquiera Salo? ¿Lo dice usted en serio, señor Evans? – preguntó el doctor en tono incrédulo. - Desgraciadamente así es – respondió el marido de Caroline en tono melancólico. – Ni siquiera Salo. – Un extenso silencio se fundió sobre Evans y el doctor. Sus miradas se perdieron por un momento en sus propios miedos y en sus propios pensamientos. Cada uno con sus problemas, con sus temores y desde luego, con la imagen de Salo en sus mentes. El doctor regresó a su asiento y con gesto imponente asió un bolígrafo dorado que había sobre la mesa. Tomó una de las cuartillas de su cajón derecho y se dispuso a escribir. Tras unos minutos de incertidumbre el doctor finalizó sus garabatos. - Aquí tiene joven. He dispuesto su tratamiento. Vea, todos los medicamentos están indicados. Procederé a la explicación, por favor esté atento. – - Pero, ¿qué tengo doctor? – - Depresión endógena con trastorno distímico – espetó el doctor en tono autoritario – y por cierto, le agradecería que no me volviera a interrumpir durante la explicación. Como puede imaginar hay más pacientes afuera esperando su turno. El suyo, hace dos minutos que acabó. Bueno… Como iba diciendo, aquí le he escrito los medicamentos. Las tomas que debe realizar son las siguientes: Por la mañana en ayunas… "Salo, ¿por qué me has abandonado?" pronunciaba mentalmente el joven desolado mientras el doctor se afanaba en acabar de leer lo antes posible. "Confiaba en ti. Todos lo hacíamos. Sálvame, por favor, aun estás a tiempo"- exclamaba infatigable el espíritu dorado. Pero Salo no respondía porque sólo comprendía el lenguaje del amor. Y en un mundo cruel y despiadado, donde cada uno hace la vida por su lado y la única ley que impera es la de aprovecharse de los demás, tan sólo aquel que se eleva tiene la oportunidad de ver las cosas de otra manera y decidir: si hace el bien o lo deja de hacer.

lunes, diciembre 29, 2008

Disonancias discordantes

No me gusta echar espuma por la boca, pero si un@ no habla, no se expresa, no consigue manifestarse, puede acabar tragando su propio veneno. Pudieran pensar que el veneno nos lo introducen en las comidas, las bebidas y hasta en los medios de comunicación. Efectivamente no van ustedes nada mal encaminad@s, pero al fin y al cabo, tod@s somos lo que comemos, lo que bebemos, lo que oímos, olemos y escuchamos. Por ello debemos expulsar lo que no nos gusta de nuestro interior, bien sea con agresividad, con insultos y palabrotas o de una manera simple que no sencilla, con palabras de amor. Excretar siempre ha sido una necesidad biológica de primer orden. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que una palabra de amor es tan sólo aquella que se dice sin ánimo de ofender y no la típica ñoñería que se dice sin pensar. Las palabras de amor suelen meditarse antes de pronunciarse pues suelen ser difíciles de expresar. Miedo al ridículo, timidez, existen muchos motivos aparentes. ¿Pero reales? Puede parecer una tontería, pero tal vez la palabra de amor más bonita sea un silencio a tiempo. Como así lo considero por mi parte, os dedico esta ausencia de palabras que aquí mismo llega. Deseo que la disfrutéis como yo disfruto las vuestras, que son muchas y os agradezco enormemente.

viernes, septiembre 19, 2008

Dulce helado con sabor a miel

El ser humano es un ser lento por naturaleza y desconfiado por necesidad. Pues aun sabiéndose como el único ser que tropieza dos o más veces en la misma piedra, presume de hacerlo. Duda de su propia capacidad de amar al igual que duda de su inteligencia. Y resulta cómico, porque no duda en absoluto de su propia capacidad de herir y de ser infeliz. Sólo se muestra tal y como es a escondidas, delante de un lindo gatito o de un ingenuo bebé. Y le cuesta tanto como subir una empinada cuesta aceptar que alguien es capaz de amarle sin esperar nada a cambio, sólo por ser como es. Mas francamente, creo que lo que más le gusta sin dudar, son los estereotipos y las categorías en los que sentirse encajado y comprendido, aunque sólo sea de modo abstracto. Duda de su propia existencia, de la existencia de dios y de la existencia de cualquier existente que no se presente. De los alienígenas y de los aborígenes, de los indígenas y de las emperatrices. No sabe sentirse rey o reina porque carece de modestia, pero le encanta hacer el papel de dictador o dictadora, sobre todo de su propio hogar y de su propia familia. Tanto trabajo e inseguridad ha depositado en él que no puede permitir que la alegría lo inunde. Así que éste se mantiene seco, reseco y casi casi disecado. Y de pronto se da cuenta de lo insatisfecho que está, pero como tiene mucho dinero ahorrado se compra la play y a jugar. Y luego como se pasa de moda, se compra un ordenador, que cuanto más portátil, pequeño, ligero y potente, será mucho mejor. Y se conecta a internet, en su origen world wide web y encuentra chats, chatis y chatos, juegos online para pasar el rato. Se hace usuario de “Second Life” y en un segundo se forja una segunda personalidad, como si no fuera ya bastante con tener una sola. Y comienza a vivir en un mundo virtual. Cuando se quiere dar cuenta, se ha pasado más horas de la cuenta y no sale a la calle, ni de día ni de noche. Se ha olvidado del sol y de la luna, pero desde luego no de su coche. A increíble velocidad vuelve a su ciudad natal como alma que lleva el diablo y se resigna a querer a sus padres y a sus demás familiares, pues con tal de no quererse a si mismo ni de dejarse querer, es capaz de odiarse por siempre con su típica falta de fe. Y da igual que le ames, le desees y le llames, que seguirá indiferente o es más, hiriente, a todo lo que a ti se refiere. Con el peso de una vida no se gana una partida. Con el calor de un hogar no se secará jamás el mar. Sin embargo, con la fría, gélida e incredula mirada que presentas al leer este pretexto has conseguido helar un corazón más. Pero no ha sido el mío.

El secreto del olvido

Y hasta aquí puedo leer. - ¿Cómo que hasta aquí?- protestó con voz de grillo la pequeña Mildred. - Claro, es la hora de dormir. Mañana tenemos que madrugar para jugar al cluedo - dijo con solemne tranquilidad Ananda. - Mami, no me gusta jugar al cluedo. Es un juego de matar - dijo la niña de ojos dorados. - Cariño, sabes que es el juego favorito de Andrei. Le encantan los juegos en equipo - aclaró la mamá casi soñolienta. - Me gustaría ir a jugar con Lara alguna vez. Desde que se mudó a la nueva comunidad con sus progenitores… me siento muy sola, mami. - - Bueno Mildred, ahora tienes que descansar. Ya pensaremos en ir a visitar a Lara cuando papá vuelva de la feria. - - Mami, deja de decir mentiras. Sabes tan bien como yo que papá nunca va a volver. No está en ninguna feria - respondió con furia e indignación la niña de cabello plateado. - Mildred, no voy a tolerar que me hables así. No soy una mentirosa - se defendió acaloradamente Ananda. - Mamá, Lara me solía decir que papá nunca iba a regresar. Y Lara sabe mucho de la vida. - - Lara es una niña muy inquieta y charlatana a la que por supuesto respeto. Sabes muy bien que papá está en la feria del condado de Rainbow cuidando a los gatos del pastor ciego. - De pronto, Ananda y su hija vieron interrumpida su conversación. El mudo silencio fue roto por el sonoro timbre de la campanilla de la cancela. Del susto, la niña abrió tanto los ojos como para permitir que una centella iluminara la estancia. Ananda se levantó sobresaltada de la pequeña y acolchada cama de su hijita hasta aproximarse, lo más pausadamente posible, a la ventana del este. El silencio del secreto del olvido se hizo en toda la casa. Ananda, por detrás la cortina, divisó un cuerpo alto y erguido que abría sigilosamente el pestillo y accedía con seguridad al interior de la finca. A medida que avanzaba hacia la puerta principal, Ananda apretó los ojos tan fuerte hasta que vió estrellitas de todos los colores. Pequeñas chispas en su retina que hacían que el tiempo se detuviera en su interior. De pronto, visualizó nítidamente la imagen de la pequeña Lara cuando aun jugaba en su jardín a cazar polillas. Ananda siempre la reprendía e intentaba explicarle que no les hiciera daño a los indefensos insectos, pero ella, desobediente, con su mirada ultravioleta les hacía chamusquina las alitas. Al día siguiente la música popular volvió a sonar en el interior de la casa. El padre percutía un antiguo pandero y su hija menor improvisaba una dulce melodía con una flauta de madera. La madre bailaba con Lara y con los dos niños del pastor ciego al son del sonido del amor. Juntos formaban un círculo perfecto de armonía y libertad. Luna de peces y galleta de luna. La combinación más exquisita para deleitarse en medio del espacio-tiempo universal infinito delimitado por su condición de venusianos momentáneos. - Andrei, alcánzame la ensalada, por favor. – - Un segundo Ananda, ahora mismo te la paso – respondió el hombre más habilidoso y cariñoso de toda la comunidad. Ananda y su pequeña hija habían recuperado la sonrisa.

Homenaje a un rayo de luz

Dulcemente se adormecía la pequeña y acallada ciudad fortificada a la lumbre de las doradas manzanas del sol. Mientras tanto sus ajenos súbditos, sonreían y danzaban juntos entre flamante esperanza.

Noche de Julio

Déjame contarle un cuento a la luna. Un cuento en el que todos son felices y dichosos. Una historia irreal como mi vida y real como la nada. Érase una vez que se era una dulce dama que habitaba en un rincón oscuro del planeta Luz. Vivía sola en una almena y un rayo de sol al atardecer era su única compañía diaria. No pretendía ser un mito, no pretendía ser otra persona. Sin embargo, en aquella, su única celda, aprendió a vivir. En su sola soledad descubrió todos los secretos de la vida, excepto el amor. A los dieciséis años salió inesperadamente a visitar su pueblo natal, aquel del que tan poco había oído hablar, pero que tanto había disfrutado en silencio. De pronto, se dio cuenta de que en su vida faltaba algo y se decidió a encontrarlo. Buscó y buscó, y en menos que canta un gallo azul, encontró a un extranjero sentado en el quicio de una vieja y arrugada puerta. El bello extranjero no hablaba el idioma de la dulce damisela, pero ésta se enamoró inmediatamente de él. La joven perdió al extranjero de vista, pero se esforzó por mantenerlo vivo en su recuerdo y en su alma. Pasados unos años se decidió a ir a buscarlo. Y viajó y viajó y encontró a sabios que la ayudaron a identificarle, pero ella seguía sin verle. Incluso llegó a perder la fe. Pero como su amor era el mayor de todos, al poco tiempo retomó su viaje. Han pasado ya unos cuantos años y dicen que la dama aun no ha encontrado a su amado. Ni su amado la ha encontrado a ella. Pero se rumorea que el día que ambos se encuentren, ese mismo día, el sol y la luna harán el amor y nacerá un nuevo astro. De momento la joven damisela anda vagando en busca de su propia esencia.

Na Polina Sobrescobiu

-Mama, ¡moyose la mazana! - glayó Enedina dende’l llar . - Santu Dios y santu remediu fía. ¿Y agora que vamos facer? - entrugó la probe madre a gritu peláu dende la ería. - Déxame cavilar mamina...- dixo pa so la neñina. Entós fizo un furacu nun quesu qu’ellí había, y darréu nél apaició un llimiagu que-i decía: - Guaja, rapaza, Enedina. Guarda la mazana nel horru, al llau de les panolles de Loína y verás qu’en menos que canta una pita roxa, to má vuelve a tar contentina. Y de los piescos que-i robaron a la vieya de la esquina, meyor nun te digo na, nun vaiga a ser que... ¡Entaína fía! ¿A qué esperes? ¿A que llegue’l to pa y me mande con los peixes? - Foi la neña a tou correr, baxando pela escalera, fasta qu’atopó de bruces con el mandil de so güela. - Pa onde vas tú tan corría. ¿Qu’entamasti cachu fiera? - - Na, güelina, na - dixo Enedina -Voy namás a tomar l’aire afuera. - Y así entre unes y otres, la mazana ensuchó per bien. Y el llimiagu del so quesu, que yera más resabiaucu qu’el qué, siguió falando-i per suave, fuera de nueche y con orpín, fasta qu’un día la madre atopolu, na faltriquera de la so fía, y mandolu d’un guantazu, darréu onde nun se vía.

Canon de Noel

Aquella dorada tarde de principios de otoño al salir de su pequeña y brillante nave espacial, allí lo vio. No muy lejos del ciprés del lago, altivo y erguido como el capitán de la gravedad, sin miedo al ridículo mas con los ojos ocultos tras un rojo y corto pelo. Lady Stardust desconocía por completo el idioma del planeta, pero dominaba los códigos gestuales y musicales. Acercose sigiloso al enhiesto galán con límpida mirada y descubierto rostro infantil. Le observó detenidamente con curiosidad, como quien contempla un fenómeno natural; una aurora boreal, un eclipse solar, una flor al despertar. Un abismal cariño inundó de pronto la atmósfera enrarecida. Un intenso aroma a pachulí. Al cabo de unos minutos de cortejo, majestuoso y misterioso, el mancebo le hizo un ademán con la mano izquierda, en cierto modo provocativo, al eterno niño. Así fue cómo Lady Stardust entró en profundo contacto con el sentimiento humano por tantos llamado amor. A él, andrógino y resplandeciente alien, le cautivó la complejidad del rostro amado y el color de sus pendientes esmeralda. Jugando al amor y a la lascivia pasaron eras. La señorita de polvo de estrella, cósmica, cómica y sensual, se veía adulada y acosada habitualmente, por los vecinos y vecinas del pequeño barrio inglés. Pero él, o ella, no pensaba ni por un momento en otra persona que no fuera su dulce y ácido petimetre. Reíase de las pasiones ajenas como un niño y solo veía a sus numerosos pretendientes como por una especie de pantalla interior, es decir, de un modo puramente infantil. Felicidad y mezquindad se conocieron un gélido día invernal cuando de repente, el cálido alienígena sintió un fuego infernal en su tierno corazón. Comenzó a debilitarse y hubo de reposar en cama, solo, hasta la noche sin luna en la que su amante regresó fatigado de su trabajo. Fue entonces cuando Stardust conoció las causas de su incipiente e inminente enfermedad: se llamaban melancolía y soledad. El humano insidioso, en lenguaje humano que el extraterrestre comprendía, le explicó que una nueva persona le colmaba ahora de un amor correspondido y una fulgurante pasión que hacía tiempo que no sentía. Luego, le pidió al pequeño alien con esmerados modales que abandonara ya su hogar, pues deseaba que el nuevo amante se instalara lo antes posible para no desperdiciar ni un instante de su mutua atracción. Lady Stardust ya no era el jovencito inocente que un día había aterrizado en el mundo humano, lleno de ilusión y vitalidad sideral. Él era ahora de otra era, de otra manera. Había adquirido ciertas cualidades humanas como el remordimiento y la memoria. Pero siendo fiel a su gran amor, no le puso ninguna objeción a su petición. Ambos hicieron un escaso equipaje: algunos enseres arcaicos y extraños, y un abrigo de pelo de marta que el humano de su juventud le había regalado a Stardust en el primer invierno de amor, ya que el frío en Londres era crudo y cruel como la vida misma. Sin despedirse, ni con besos, ni con palabras, Lady Stardust abrió la puerta para irse y vio en una esquina del rellano a un joven rubio, tímido y de labios azules. El alien se preguntó de qué planeta provendría aquel efebo. Bajaba ya las escaleras cuando en un intento de reencontrarse con su viejo amigo, giró súbitamente la cabeza y lo vio. Su antiguo amor besaba apasionadamente al joven de las mejillas sonrosadas. Lady Stardust rompió entonces a llorar en el descanso, donde nadie le escuchaba ni tampoco le veían. Allí se encontraba, prisionero en una patria ajena, sin amor y sin identidad. Ya no era un alienígena, pero tampoco un verdadero humano. ¿Qué podía hacer al respecto? ¿Seguir buscando? ¿Londres? ¿París? ¿Nueva York? No. Sabía que el amor no se podía buscar, ni mendigar. El amor llega cuando menos te lo esperas. Pero él no podía esperar... o al menos solo. Y en la acera, cruzado de brazos contempló el firmamento. Nada. Ni una estrella. Ni siquiera sus hermanas habían querido asistir a su funeral.